Edición No. 1243. Quibdó, noviembre 22 a 28 de 2019

Santa María de la Antigua del Darién

Jorge Alonso Toro Moreno

Tuve la f e l i z oportunidad de hacer presencia en el escenario primigenio de la conquista de América por los invasores españoles y vivir así, reconstruyendo en mi interior aquellos pasajes históricos que conllevaron a la fundación en 1511 y posterior destrucción en 1523 de la primera ciudad hispana en el continente americano. Reflexionar allí, parado, mirar alrededor y sentir ligado a la feraz naturaleza, la fuerza de los espíritus que sentaron un precedente infructuoso a costa de sus vidas y que aún esperan que la historia les haga justicia.

Vivir la historia es esculpir nuestro espíritu. Al conocer el sitio en donde se fundó a Santa María de la Antigua del Darién, observar el entorno, sentir la soledad solemne y el silencio so-brecogedor del lugar, unido a la magnificencia pródiga del entorno, uno se transporta inevita-blemente en el tiempo y reconstruye imaginariamente todo lo allí acontecido, evocando la perseverancia y la reciedumbre de Vasco Núñez de Balboa, la ambición desmedida y torpe de los invasores, frente a la inteligente diplomacia de Panquiaco, la resistencia de Ponca, Abrai-da, Abenamachey, Careta y Cemaco, el gran guerrero. La serranía tutelar de La Iguana y el estuario de La Antigua que daba al Atlántico y la comunicación con el gran río Darién (hoy Atrato), hablan de una gran visión estratégica, punto de partida para el gran nuevo descubri-miento del Océano Pacífico.

Santa María fue un sueño que no pudo ser por la ambición desmedida, la perfidia y la confabulación de un hombre simbólico como Pedrarias. De haberse realizado el sueño del descubridor del Pacífico, seguramente el desarrollo del Chocó biogeográfico sería otra reali-dad proyectada a la Cuenca del Pacífico. El asesinato de Balboa y la destrucción de Santa María, con la fundación y surgimiento de Panamá, visibilizó al territorio del Darién y propició las condiciones para el cierre a la navegación por los ríos Darién (Atrato) y San Juan, que eran vías expeditas hacia el Perú.

Allí ahora, en vez de una réplica que concite, solo hay un pequeño caserío. Y apartada y solitaria una capilla a merced del comején, a la que cada año, en agosto, visitan los peregrinos, en un acto lúdico-religioso, como si fuera una excusa a la desidia oficial o a la indolencia de un pueblo que mira con desdén monumentales símbolos, que podrían servir de lección para que no se siga repitiendo la historia.