Chocó 7 días
|
|
EL CHOCÓ DE AYER De la edición 2462 del periódico ABC (agosto 28 de 1931) Muerto en Lloró. Como relata Arturo Paz R., corresponsal de ABC en Lloró la muerte trágica de Obdulio Rentería El 15 del presente, en las primeras horas de la noche se efectuó en Lloró una función religiosa, en la que a falta de sacerdote, lo hacían algunas personas piadosas. Después organizaron un baile, al que asistieron varios costeños que trabajan en la prospectación del lecho del río Atrato. A las 11 de la noche hubo un pequeño altercado entre Obdulio Rentería, de La Vuelta, y Antonio Montaño, costeño, altercado este que se originó por un barato. Quien esto escribe se metió en medio de ellos y con buenas razones los hizo desistir de que disgustaran. Entretanto en la puerta del baile había un grupo, seguí hasta allí e intervine para que José Tomás Rentería quien ya le había dado al inspector una leve palmada en el pecho, cesara del intento de querer sacar al Inspector Ayala a la calle con ánimo de propinarle algunos golpes. El Inspector en vista de lo ebrio que estaba Rentería pidió apoyo de algunos ciudadanos para llevarlo a la cárcel. Más, en este momento un miembro de su familia el señor Cristóbal Mosquera, persona seria, solicitó del inspector la gracia, de que en vez de llevarlo a la cárcel el se encargaría de llevarlo a una casa particular, la del señor Pedro Serna Bustamante distante y asegurando que no lo dejaría volver, lo que en efecto sucedió. Pero era la una y media de la mañana cuando nos retiramos de mencionado baile dejándolo muy animado, para levantarnos a las 5:30 a.m., llamados con urgencia y alarma, pues se nos dijo que había un muerto, y que era necesario evitar una nueva desgracia pues los miembros de familia del occiso querían linchar al Inspector porque habiendo un nuevo altercado, en el que según referencias, el occiso le tiró con una botella a su contendor, Antonio Montaño, quien esquivó el golpe, yendo a romperse la botella en la pared, cayendo un vidrio sobre las espaldas del contendor, haciéndole una leve herida, produciéndole una buena sangría. Fue entonces cuando el señor Inspector haciéndose acompañar de Pedro y Juan Maturana, condujo a la cárcel a Obdulio Rentería a quien perseguía la fatalidad. Como la cárcel estuviera rota, utilizaron para amarrar a Rentería el mismo cabo que antes hubieran conseguido para atar a José Tomás Rentería, y en este estado lo dejaron, creyéndolo seguro, y continuando el baile. El detenido, con la luz que llevaron para asegurarlo parece que vio un roto y concibió el proyecto de huir, pero con tan mala suerte que se mató, y aunque bien es cierto, que dicen muchas personas, que gritó mucho, nadie se preocupó por acercarse hasta la cárcel. Algunos afirman que dieron aviso a la autoridad, y que esta contestó que no lo largaba todavía, para evitar tal vez un nuevo choque. El susto del Inspector y de sus acompañantes fue mayúsculo, cuando al presentarse a poner en libertad al detenido se hallaron con el muerto; inmediatamente regresaron al baile y ordenaron suspenderlo; los parejos, indignados, gritaron que no y entonces hubo de decírseles la triste verdad. El inspector Ayala volvió a la cárcel con varias personas entre ellas un amigo íntimo del muerto, el joven Estanislao Guerrero, quien llorando lo sacó de la posición en que estaba y al cerciorarse de que realmente estaba muerto, la mayor parte se declararon en actitud amenazante contra el inspector. Ayala corrió a ponerse en salvo en la habitación de Francisco Castro, quien no creyéndolo seguro, lo llevó a la tienda de Tomás García, quien en unión de las pocas personas que nos dábamos cuenta de la gravedad del caso, nos dedicamos a calmar los ánimos recibiendo los reproches de los que con justo dolor lloraban al joven Obdulio. Después se me dijo que buscaban los medios de matar al inspector por diversas formas, pero de ello no me consta que llevaran a la práctica este atentado, pues este hubiera sido monstruoso. Además el señor Ayala al hallarse detenido era y es un individuo en desgracia a quien la fatalidad perseguía y por ende merecía consideración, lo mismo que el muerto merecía respeto. A todo esto hay que agregar que debido a los vendavales, la línea telegráfica estaba rota y que a las 6 a.m., el señor Francisco Castro después de dejar en la casa del citado Sr. García, al señor Santiago Ayala me manifestó que estando el secretario ausente, no había autoridad y acudimos al comisario señor Milcíades Borja, para ver de obligar a dos hombres a ir a Quibdó, a llevar al señor alcalde provincial las comunicaciones que sobre el suceso habíamos escrito el señor jefe de la telegrafía y el suscrito. Con una miserable ración fueron despachados. A la una y media llegó de Bagadó el señor Visitador Fiscal de la Intendencia, pero como este empleado no tiene atribuciones para instruir sumarios, sus buenos oficios se limi taron a abrir la cárcel y ver el cadáver, aconsejando a los deudos prudencia y que se colocaran en el terreno legal para que la autoridad pudiera obrar. El señor alcalde llegó en horas muy avanzadas de la noche del 16 con dos agentes de policía y sus secretarios; inmediatamente practicó la diligencia del levantamiento del cadáver, que ya había sido movido y lo entregó a sus deudos, tomó los datos más importantes y al principiar el día siguiente inició el sumario deponiendo al señor Santiago Ayala y nombrando en su defecto al señor Rosendo Arriaga, secretario que era de la Inspección; el cadáver fue sepultado a las 8 a.m., del 17. Por la mañana del 18 el señor alcalde obedeciendo a ordenes superiores inició y extrajo nuevamente de la tumba donde se hallaba y lo envió ya muy tarde del mismo día a Quibdó. Réstame decir que la pieza destinada para cárcel, y que hace parte de planta baja construida del edificio contratado para su construcción de una parte de él por la administración Valencia Lozano, no da sobre un barranco sino sobre la ladera que da hacia la manga que da a orillas del río Atrato, y sólo mide tres metros de altura poco más o menos. Lloró, agosto 23 de 1931.
|
© 2006 Chocó 7
días
http://www.choco7dias.com