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 EDITORIAL

Ir a la raíz del problema, no a las ramas

La denuncia del Defensor del Pueblo, Volmer Pérez, sobre la muerte de niños indígenas por desnutrición
en el municipio de Carmen de Darién impactó a la opinión pública nacional. Dignatarios de la Diócesis de Quibdó ratificaron el hecho y expresaron que el aberrante fenómeno se presenta en todo el Chocó, en todas las edades y en todos los sectores sociales.

La acusación cayó como un baldado de agua fría en el gobierno nacional y opacó la presentación con bombos y platillos de un informe, basado en trucos estadísticos, sobre la supuesta reducción de la pobreza en doce ciudades del país.

Ante la incontrovertible realidad del hambre y la muerte de la población chocoana el gobierno nacional ha buscado ocultar su responsabilidad argumentando que la raíz del problema estriba en la corrupción del gobierno departamental y de los alcaldes, anunciando la intervención y centralización del mayor número de entidades, y aumentando los programas asistenciales de familias en acción, desayunos escolares, guardabosques.

Ninguna persona sensata niega la corrupción existente en los sectores público y privado del Chocó, hija y reflejo de la corrupción en los sectores público y privado del resto del país. Y nadie con sindéresis puede ocultar el hambre, la desnutrición y la muerte de colombianos en ciudades y villorrios de todo el país, incluyendo las calles vecinas de la Presidencia de la República y las principales avenidas de Bogotá o Medellín.

La raíz fundamental del problema está en la naturaleza de las políticas oficiales centrales, dirigidas a favorecer a las multinacionales extranjeras y a un reducido número de intermediarios y banqueros, a desproteger la producción y población nacionales, a privatizar y convertir en un vil y mortífero negocio la salud, la educación, los servicios públicos, el agua que requerimos para vivir y hasta las plantas de la naturaleza, a liquidar entidades acrecentando el desempleo y la miseria, a recortar las transferencias a departamentos y municipios para salud, educación y saneamiento básico.

El gobierno nacional liquida el Seguro Social, desmantela sus apropiadas instalaciones en Quibdó, y ante el escándalo corre a dotarlo en forma provisional ("hospital de guerra").

Crece el hambre, la muerte y la desolación en la extensa geografía chocoana. Decenas de miles de indígenas chocoanos agonizan en vida chupando magros cañutos en las horas de mañana, y masticando cuatro o cinco primitivos con sal o trozos de achín o rascadera en la tarde. Otros centenares de miles sufren día a día desayunando sorbos de aguapanela con plátano cocido y consumiendo como almuerzo-cena un poco de arroz o sopa de fideos con aguapanela.

El consumo de carne, verduras y leche es mínimo en el Chocó, donde es ínfimo el número de familias que tienen posibilidades de tres comidas nutritivas el día.

Con el rostro desencajado y al borde de la locura, incontables hombres y mujeres cabezas de familia, desempleados, golpeados por el llanto de sus hijos hambrientos, llegan a diario a las oficinas de Bienestar Familiar en el Chocó a suplicar unas libras de bienestarina. La labor del ICBF y de los demás programas asistenciales no deja de ser un pobre paliativo, una pequeña gota, frente al inmenso océano y el amplio drama de las necesidades básicas insatisfechas de la comunidad chocoana.

Crece el hambre, la muerte y la desolación. Crece la inconformidad con los gobiernos nacional, regional y locales, responsables todos de la tragedia del pueblo y de la corrupción imperante. Crece el hálito, el valor y la decisión de cambio en la extensa geografía chocoana.

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