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CULTURA Y FARANDULA

Por Eugenio Perea García

Un tinto con César Rivas Lara "El Messié"

Eran las cinco de la tarde cuando llegué a su casa del barrio Niño Jesús, de Quibdó, donde él me esperaba. La tarde estaba oscura como la noche, la proximidad de una tempestad diluvial precipitó nuestra charla y muchas preguntas se nos quedaron en la greca del tintero.

Creo que mi influencia literaria la heredé de una tía de mi mamá, de nombre Lucía Garcés, prima hermana del Dr. Ramón Lozano–, me dijo con la vista en el recuerdo intuyendo que solo hablaríamos de literatura.

Ella en las noches de luna, o en la semipenumbra del pueblo, a la luz de las candiles, mientras fumaba tabaco y apuraba un buen trago de aguardiente, nos contaba historias inverosímiles. Tenía el don de la palabra y una habilidad particular para manejar el tiempo y el espacio.

Yo conocía al Messié (Monsieur) desde cuando dictaba clases de inglés y francés en el colegio Carrasquilla. Su reconocimiento general como buen maestro, escritor y su sencillez natural me producían admiración, pero era imposible acercármele porque dictaba clases en los cursos superiores y yo apenas estaba en primero de bachillerato. Desafortunadamente cuando llegué a cuarto ya no estaba.

Tiempo después, cuando me enrolé en el conjunto vallenato de "Morao" Carlos Rivas fuimos a parar una noche cualquiera al barrio Roma, precisamente a la casa del Messié. ¡Qué sorpresa cuando cogió el acordeón y con la agilidad de un profesional ejecutó con todos sus pasos y sus cortes El Verano, de Alejandro Durán.

El vallenato endiablado

–Nací en Domingodó, una población de Riosucio. Fue en Riosucio donde me enamoré del sonido del acordeón. En mis vacaciones regresaba, era la época del picot, el equipo que estremecía la tierra y tumbaba paredes. Me llamaba la atención, además de Juancho Polo Valencia, Luis Enrique Martínez y otros como Andrés Landero, la música y la ejecución del maestro Alejandro Durán. Le pregunté a mi padre quién era ese acordeonero y el me respondió que lo conocía hacía ratos en sus correrías por el departamento de Bolívar.

Si ganas el año te regalo un acrodeón, me dijo.

En los años 60 aprendí a ejecutar el acordeón solo, sin la ayuda de nadie, intentando sacar las notas limpias de Alejandro Durán.

Y creo que lo logró, porque en la primera venida del Rey Vallenato a Quibdó se presentó en El Tambo, una caseta ubicada donde está hoy el edificio del

Banco de la República. El Messié dejó pasmado al mismo Alejandro Durán, que no podía entender como alguien ejecutara su instrumento casi como él.

Recuerdo que lo felicitó en público esa noche del mano a mano entre César Rivas Lara y el tres veces Rey Vallenato Alejandro Durán.

Jamás pertenecí a grupo vallenato alguno, pero hacíamos parrandas informales en épocas vacacionales con Víctor Quesada, Toño Rivas (hijo de Adriano Rivas), Miguel Mosquera (Mianco) y Carlos Rivas (Morao). Nos acompañaba Nacho en la caja y usted a veces Eugenio en la tumbadora.

En la Universidad improvisamos un grupito para parrandear en casa sanamente los fines de semana. Ni siquiera tomábamos trago. Era una manera de salirnos de la cotidianidad diaria de la academia, del estudio para practicar y darle otra salida a la vida.

Sus composiciones

El vallenato es un apéndice de mi vida, en él recreo mi soledad. Muchas veces mientras practicaba acordeón componía letras a amores imposibles de mi infancia, que mis amigos interpretaban, porque yo no aprendí a cantar. Tengo que estar muy desinhibido y contento para acompañar haciendo coro.

Pero seguramente la música avivó mi llama literaria porque estos días leí un comentario del Nobel de literatura Gabriel García Márquez donde afirma que su obra Cien Años de Soledad no es más que un vallenato y creo que tiene razón. La música es poesía. Entonces yo pienso que fue la poesía musical que me ayudó a elucubrar, a hilvanar cosos.

Libros y poesía

Precisamente mi primer libro publicado es de poesía titulado Poemas de Cumpleaños, pero no fui declamador. Leía mis poemas y con el transcurrir del tiempo me fui orientando y llegué a la prosa. Me quedé con el cuento, el relato, la crónica y la novela. Sin embargo, en mis ratos de recreación vuelvo a ser poeta, porque la poesía es inasible, la poesía es contenido sustancial de belleza, por eso me ejercito todavía en la poesía porque todo buen escrito es poético.

Mi primer libro en prosa fue un parangón entre Miguel A. Caicedo y Rogerio Velásquez, el uno como poeta romántico y folclórico y el otro como ensayista y conocedor de los complejos sociales e históricos del Chocó.

–Amo a mis libros como a mis propios hijos pero naturalmente tengo inclinaciones por algunos de ellos según la temática,

me gustan Tragicomedia de Burócratas y Folclor, Comedia y Carnaval, porque reflejan esta época de corrupción, un flagelo que nos acaba a todos.

Mi literatura es comunicar ideas, compartir experiencias, expresar cosas que seguramente no pudiera decir verbalmente. Mi literatura es denuncia, una literatura que contemporiza con la realidad social y cultural del Chocó.

Su familia

Hace 34 años me casé con Leticia Tapias Moreno. Tenemos cuatro hijos. Una de ella me dice que le gustan las letras. Ellas son Luddy Amny, Maydy, Letty y César Julio Rivas, que es profesor del claretiano. Mi padre Adán Rivas fue un artesano en la vida y mi madre Tulia Lara una maestra que no ejercía.

Rivas Lara fue un estudiante sobresaliente. Antes de terminar el bachillerato en el colegio Carrasquilla ya dictaba clases en el mismo plantel. Hizo la primaria en el colegio Antonio María Claret, donde ganó medalla de oro por ser el mejor estudiante. En el Carrasquilla ocupó el primer puesto como bachiller superior y en la Universidad Libre de Bogotá también ocupó el primer lugar entre 33 estudiantes.

Hizo posgrados en Holanda, Inglaterra y Estados Unidos. Actualmente es profesor de idiomas de la Universidad Tecnológica del Chocó.

En sus ratos libres, cuando la hoja le sigue en blanco, cuando la musa se rebela, se refugia en su acordeón que ejecuta al revés, porque nadie le enseñó a tocarlo al derecho y le brota la vena poética, esa que lleva intrínseca por dentro desde antes de conocer las primeras letras.

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