Chocó 7 días
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QUÉ SABE UD. DEL CHOCÓ? Por Edgar Hidalgo T. ¿Qué sabe usted sobre el Chocó en las crónicas de Santiago Pérez? Durante su viaje a la provincia del Chocó en 1853 el literato y cronista Santiago Pérez Triana escribe una especie de diario de viaje en forma de relatos sobre lo que acontecía en la travesía por la selvática región chocoana. Una de sus crónicas, titulada Navegación por el Chocó describe un viaje en canoa por el río Atrato y el trabajo de los bogas o remeros que a falta de motores convertían sus manos y brazos en la fuerza impulsora de las canoas. Escribe Triana: "Hácese la navegación por los ríos del Chocó en canoas de mayor o menor capacidad, según la cantidad de sus aguas y la naturaleza de su curso, las cuales se cubren en sus dos extremos, o bien en su parte media con lo que se llama rancho. Consiste la armazón de éste en algunos bejucos enarcados que se apoyan en los bordes de la embarcación, y por entre los cuales se entreteje la red a que se sujetan por encima las hojas del bihao, quedando así formado una especie de techo parcial en la canoa, debajo del cual se acomoda el viajero para guarecerse en un tanto de los ardientes rayos del sol, cuando no de la lluvia, no poco frecuente en aquellas regiones. "Cuando la canoa es de alguna capacidad va servida por tres bogas. Estos andan desnudos, sin otra cosa en su cuerpo que el pañuelo que hace indispensable la decencia; sírvense en su tarea de la palanca y del canalete. Remontan a viva fuerza los ríos, para lo cual siempre buscan las orillas en donde la corriente es menos impetuosa, y apoyan la palanca en las barrancas laterales, o en el fondo mismo, si el río es somero. El extremo superior de palo o de guadua que les sirve de palanca está armado de un gancho, del que se valen para asirse de los troncos o de las ramas y lograr por este medio hacer avanzar la embarcación en aquellos puntos en que la hondura no les permite hacer fuerza en el lecho de la corriente, a tiempo mismo que las aguas ruedan con violencia mayor. "Las voces y los cantos desapacibles de las aves de la selva, el rumor de la corriente, cuando más rápida resbala sobre las piedras de su lecho, y el grito destemplado y monótono con que acompasa el boga los golpes de su palanca, son el ruido constante y discorde que se percibe por horas seguidas en aquellos desiertos. El boga del Chocó, en vez de entonar, grita; en vez de cantar, brama; toma cada día un nombre de que casualmente se acuerda, o una voz cualquiera que se le ocurre, y, encorvado sobre la corriente, con el canalete o la palanca en la mano, acompaña cada esfuerzo que hace, cada murmullo del río, cada paso que avanza con un ¡San Agustín! ¡San Agustín!, que al fin sofoca y ensordece al infeliz que va debajo del rancho, y que forma todo su auditorio. Mas no se crea que escoge siempre una palabra sonora; todavía escuchamos nosotros la voz destemplada del boga que desde la quebrada Santa Helena hasta el Atrato, nos fue atolondrando con el grito de ¡Antioquia! ¡Antioquia!". |
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