Chocó 7 días

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Hace cuarenta años

Agua y Luz, ó Piedra y Palo

Por Armando Mosquera Aguilar

armandomos@yahoo.com. Washington D.C.

Relato de Armando Mosquera Aguilar sobre el paro cívico de Quibdó del 22 de agosto de 1967.

Diez meses después del incendio del 66, nuevamente me encontraba en Quibdó disfrutando de vacaciones finales, pues estudiaba en el colegio Refous de Bogotá, cuyo calendario (B) era distinto al de los planteles educativos del Chocó.

Varios días llevaba en Quibdó y en algún sector de la población se comentaba que yo era cadete de la Escuela de Policía General Santander, al punto que el profesor Abraham Rentería me paró una vez en plena calle y me dijo:

–Cadete, ¿cuándo lo tendremos de teniente por acá? ¿Se acuerda de mí?

Yo aproveché aquel error para decirle:

–Ya casi profesor. Y no se preocupe que usted nada tuvo que ver con mi expulsión del Carrasquilla.

Unos meses antes del incendio yo había sido expulsado del Colegio por el profesor Humberto Ayala, el mismo que hizo que estudiantes como Marcos Aguilar, Luis Ramón Garcés Herazo (Moncho), Marino Sánchez Aguilar, Federico Garcés, Américo Murillo (por enamorar a su hija Amparo), Tomás Moreno, José Martínez, René Rovira, Tadeo Perea Chalá, Alexis Murillo (Los Nemus) y una veintena más de estudiantes que tuvieron que emigrar a Bolívar (Antioquia), a Istmina, Cartagena y otras ciudades del país, producto de la mano fuerte de este señor, quien odiaba a liberales, quibdoseños y no baudoseños. Aclaro que ese día, cuando me topé con el profesor Rentería, yo vestía una chaqueta color crema con pantalón verde, que a la distancia tenía un ligero parecido a uno de los uniformes que usan los militares.

En diferentes lugares de Quibdó se realizaban reuniones de estudiantes de distintos planteles educativos, encabezados por Eliécer Ríos, Efigenia Perea Chalá, Eduardo Henry Salas (Negro Henry), Miguel Demetrio Moya y otros, buscando un consenso general para la realización de un paro cívico por la carencia en la ciudad del fluido eléctrico y del agua.

Agosto 22, día del paro cívico en Quibdó

Los estudiantes acordaron realizar el paro cívico general desde las primeras horas del 22 de agosto, iniciando la marcha en el Colegio Carrasquilla en la misma ruta del conocido anillo de la ciudad.

Arrancó la marcha con unos trescientos participantes, en su mayoría estudiantes. Yo tomaba una y otra foto y entrevistaba a uno que otro estudiante, pues la fiebre de periodista ya corría por mis venas.

Inicialmente todos gritaban "Agua y Luz". De pronto la frase se alargó y la arenga fue "Agua y Luz ó Piedra y Palo". Al llegar al edificio de la Beneficencia (Ocho Pisos), desde la plazoleta del segundo piso llevaron la vocería Miguel Moya, Negro Henry, D’Yamil Bedoya, Efigenia Perea y Eliécer Ríos, en representación de los estudiantes, Ulises y Eduardo Perea Mosquera, invitados a participar, y Ulises Ayala Cañola, de los estudiantes de fuera del Chocó.

Entre dos y tres horas duró la intervención de todos los participantes, que al final acordaron continuar con la marcha por el resto de la ciudad, acompañados muy de cerca por medio centenar de policías armados hasta los dientes.

Las provocaciones entre policías y estudiantes se palpaban a leguas. De pronto un manifestante lanzó una piedra al techo de una casa, se armó la trifulca y todo el mundo empezó a correr en diferentes direcciones, huyendo a los uniformados quienes, con bolillo en mano, repartían golpes a todo aquél que se dejara alcanzar.

Los marchistas respondían con piedras. Al llegar a la calle 15 (hoy 31) con carrera sexta, vi cuando dos policías golpeaban salvajemente a Alfonso Chaverra (Calavera). Fue entonces cuando decidí involucrarme en la protesta. Corrí hasta mi casa, pero las piedras, balas y gases lacrimógenos me hicieron cambiar de ruta, viéndome obligado a ir hasta la Alameda Reyes y seguir por esta hasta la carrera cuarta para luego regresar a la doce (hoy 28), donde me topé con los gritos de un estudiante que había sido herido de bala.

Era nada menos que Rubén Copete Cuesta (Pajudo), quien tenía toda la cara y la ropa llena de sangre.

–Me mataron, maldita sea, me mataron, decía.

Lo revisamos y constatamos que la bala solo le había raspado cerca a un ojo.

–Rubén, solo es un rasguño, le dije.

–¿Verdad Armandito, no estoy muerto? ¿Por la hostia que no estoy muerto?, insistía.

Lo llevamos a la casa de la señora Eunice Mena.

Fui a mi casa y me cambié de ropa, poniéndome algo apropiado para la ocasión. Cuando salía, ingresaba mi hermano Lino, quien era de la Policía

–No quiero verte en esa revuelta, me dijo.

No le hice caso y a toda velocidad corrí por la carrera quinta hacia cualquier parte, ya que Quibdó, a donde se mirara, era solo humo por los gases que la policía lanzaba y ollas y envases con agua que algunas señoras nos lanzaban para contrarrestar el lagrimeo.

En la carrera cuarta con Alameda, varios estudiantes atraparon al policía Wilson (un interiorano de raza blanca, casado con Carmen Agudelo de Huapango), quien era uno de los que disparaban a los estudiantes. De pronto apareció Abdo García:

–¿Qué pasa muchachos, qué van a hacer?

–Matarlo. Este hijo de puta es el que nos dispara.

–Pues si es así, mátenme a mi primero, dijo Abdo, poniéndose de escudo.

Eso hizo que todos bajaran la guardia, ya que la intención de verdad, era lincharlo; Abdo recuperó el arma de dotación del policía y a los dos se los llevó en el preciso momento que llegó al lugar una señora que todos conocíamos como "Morí", de nombre María Rosa, quien dijo: –¿Por qué lo soltaron? Ese es un policía asesino.

Los muertos y los heridos

Al rato escuché que habían asesinado al profesor Luis Tercero Lemus y herido en una pierna a Jesús María Cuesta Porras (Envenenado). Todo el mundo corría en diferentes direcciones. Piedras y balas se cruzaban por doquier. No había escondederos pues nadie quería esconderse. Todos estábamos ansiosos de dar con los asesinos, sin medir la diferencia entre las piedras que lanzaban los estudiantes y las bombas lacrimógenas y balas de los policías.

Con un grupo de estudiantes corríamos por el Pandeyuca hacia la primera cuando un pelotón de policías nos hizo regresar. Algunos nos metimos por la carrera segunda, por un destapado que había enseguida de lo que hoy es el Banco Popular y que daba a la carrera tercera. Por allí corríamos a toda velocidad y de pronto se desplomó alguien que corría delante de mí. Me acerqué y constaté que había recibido un tiro en la espalda. Miré hacia atrás y vi a un cabo de la policía de apellido Padilla, que seguía disparando acompañado de unos treinta uniformados. El hombre que recibió el mortal disparo era Félix Mena Córdoba, conocido como Chambón. Tenía una carpintería al lado de un depósito de ladrillos de Pascual Padilla y le gustaba montar en bicicleta (de allí su apodo).

El cuerpo quedó tirado en el piso. Continuamos por la tercera, subimos por la Alameda hacia la Catedral, donde continuaron los enfrentamientos. Sobre la primera y al lado de la Iglesia, armamos una barricada con polines (troncos de madera), que cargamos desde la orilla del Atrato. Desde allí y por primera vez, se logró hacer recular a la Policía, que salieron en desbandada hacia su sede.

Pero alguien desde el segundo piso de la casa cural (antes del Convento) seguía disparándonos. Era nada menos que el profesor de religión del Colegio Carrasquilla, Fabián Sanz Armendariz, ciudadano español sobrino del obispo Pedro Grau Arola y esposo de Virginia, hija del gobernador Ramón Mosquera Rivas. Una de las balas hizo impacto en la humanidad de Francisco Cuesta Bejarano (Pacho), quien de inmediato fue llevado en hombros por un grupo de manifestantes al hospital.

Elúa Córdoba, Eliécer García (hijo de Abdo), Alfonso Chaverra (Calavera), José Caspita y yo logramos entrar a la casa cural en busca del asesino. Lo encontramos debajo de una cama y al revólver en el tanque del sanitario. Nos aprestábamos a lanzarlo por la ventana, cuando vimos que a la altura del Convento se aproxi

maba un centenar de militares y policías encabezados por el gobernador, el director del DAS Alfredo Cújar, Abdo García y un general del ejército.

–Llevémoslo al hospital, dijo Elúa.

Al bajar con el asesino, nos preguntaron: –¿Qué le pasó al profesor? (La cara y la ropa la tenía llena de sangre por los golpes que previamente había recibido)

–Está herido y lo llevamos al hospital, respondimos.

El alto oficial del Ejército ordenó a tres soldados que nos acompañaran.

Al frente de la Policía, un pelotón dirigido por un cabo de apellido Tovar (casado con una de las Rojas), nos paró y dirigiéndose a mí, dijo:

–Al fin caíste, te estaba esperando mariconcito. Ahora me vas a indicar quiénes son los policías ladrones. A este llévelo al calabozo, ordenó a un agente de apellido Hinestroza.

En la cartelera de la policía estaba un reportaje que El Espectador me había hecho el 26 de julio de 1967, titulado ‘Desesperada situación en Quibdó’, donde yo contaba que la ropa, enseres, muebles y todo lo que Colombia recogió y envió a la capital chocoana para los damnificados del incendio, estaba almacenado en una bodega de la Policía.

Los detenidos

Al ingresar a una de las cuatro celdas, encontré a Mary Luz Botero (La Moi) y unos diez varones. Luego llevaron unos veinte más, entre quienes estaban Faustino Urrutia, Humberto Mosquera y Ulises Ayala, que fueron capturados quemando llantas en el aeropuerto para tratar de impedir el arribo de aviones militares. Nos tocó dormir unos sobre otros, luego de escuchar las noticias de Radio Santa fe a través de un receptor que tenía el cabo que estaba de servicio. Allí supimos que Pacho había muerto, que los muertos eran tres y que entre los heridos también figuraban Vianney Palacios, de Boca Cangrejo, a quien le atravesaron una mano de un balazo, Amancio Dueñas y otros.

En la mañana del 23 de agosto nos trasladaron al salón de los agentes, donde habían dos mesas de billar. Allí nos sentaron en el piso hasta las cuatro de la tarde cuando nos llevaron al patio de armas y nos esposaron por parejas.

–Hermano, los van a enviar a Medellín, me dijo mi hermano Lino, con lágrimas en sus ojos. Yo creo que es mejor allá. Estas esposas se abren con esta pinza.

Me dio una y le montó la mano en el hombro a mi compañero David Osorio Dualiby. Al frente de la Policía había mas de trescientas personas gritando "Libertad, libertad", pero ya era tarde, la orden venía de los altos mandos.

Nos montaron a los hombres en un camión rumbo al aeropuerto y a las mujeres las dejaron en libertad. A la altura del cementerio había unos cien soldados fuertemente armados, impidiendo el paso de la población. Nada ni nadie nos salvaría de las cárceles antioqueñas.

El avión era un DC 4 de la Fuerza Aérea Colombiana. Íbamos sentados en el piso, unos rezando y otros llorando, todos asustados por la turbulencia del viaje a Medellín. Como en el Olaya Herrera nos esperaba un nutrido grupo de chocoanos, el avión llegó hasta un carro furgón de la Policía, donde nos apretaron unos a otros.

Nos llevaron a la estación de policía La Alpujarra. Al día siguiente llegó un coronel y un juez acompañados de varios uniformados. De los 33, nos llamaron a trece, por ser menores de edad. Los veinte compañeros restantes fueron enviados a la cárcel de La Ladera, donde algunos purgaron hasta cinco años de prisión.

A nosotros no nos quiso recibir la directora regional de Bienestar Familiar y por ello fuimos enviados a la Cuarta Brigada, donde un coronel hizo formar el pelotón.

–Estos muchachos van a estar con nosotros bajo el mando del teniente Castillo Rengifo (Pajarito). Espero que ningún soldado me los toque, dijo con voz recia el coronel.

Días más tarde conocimos al también chocoano, subteniente Ariel Valdés.

Fueron 18 días los que pasamos recreacional y deportivamente al mando de nuestro paisano, quien nos trató de la mejor manera, permitiendo incluso, que diariamente nos visitaran nuestros familiares radicados en Medellín. Al final de la estadía, un sargento del ejército de apellido Cano, nos llevó en un bus escalera desde Medellín hasta el Juzgado de Menores de Quibdó

–La próxima vez los envío a Tanando, nos dijo la doctora Yocasta Maya.

Muertos el 22 de agosto

Luis Tercero Lemus

Francisco Cuesta

Félix Mena Córdoba

Detenidos enviados a Medellín:

01-Manuel Hernández

02-Luis A. Mosquera

03-Angel Robledo Mena

04-Juan del Carmen Palomeque

05-Pedro Murillo

06-Senén Mena Guerrero

07-Moisés Perea Palacios

08-Oscar Mosquera Guerrero

09-Ulises Ayala Cañola

10-Jorge García Arias

11-Marco Antonio Serna

12-José Angel Becerra "michurrú"

13-Nereo Mena Córdoba

14-Isaac Liloy Valencia

15-Julio Aguilar Salas

16-Adán Mena Gutiérrez

17-Pacifico Correa Serna

18-Faustino Urrutia

19-Raúl Cuesta

20-Wilson Becerra

21-*Nelson Moreno Asprilla "negro"

22-*Eliécer Pérez Ríos

23-*Luis Alberto Castro Manyoma

24-*Jorge César Mena Mosquera

25-*Antonio Hinestroza

26-*Luis Carlos Arias Delgado

27-*Delio Arce Cuesta

28-*Francisco Hinestroza Ríos

29-*Armando Mosquera Aguilar

30-*David Osorio Dualiby

31-*Emiro Humberto Mosquera Mena

32-*Juan Palacios Mena

33-*Félix Mena Córdoba

Con asterisco los menores de edad.

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