Chocó 7 días
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CULTURA Y FARANDULA Por Eugenio Perea García Un tinto con Miguel Correa ‘Capurganá’ Desde los 1.500 pies de altura divisamos el Golfo de Urabá como una mancha plateada en medio de la vegetación selvática y el mar azul verdoso. Lo miramos a través de la ventana de la avioneta hasta que se nos hizo una gota de agua en la distancia. Eran las dos de la tarde y el cielo estaba oscuro y encapotado. Amenazaba una lluvia diluvial con truenos y relámpagos y recordaba con pavor mi primer viaje a Cali cuando un aguacero nos atrapó en la mitad del cielo, los relámpagos nos encandilaban la vista, y el agua empezó a colarse a chorros por los resquicios del fuselaje. La azafata y el ayudante de vuelo con unas caras más asustadas que las nuestras nos consolaban con servilletas para taponar los goterones que nos empapaban. Pero esta tarde no llovió y llegamos al aeropuerto Narcisa Navas de Capurganá con un sol radiante. Me llamó la atención una avionetica olvidada en una esquina de la pequeña plataforma, musgosa, con las llantas pinchadas y los ventanales rotos seguramente a pedradas por los muchachos. –Ese avión lo dejaron abandonado hace más de cinco años unos narcotraficantes. Venía fallándole el motor, lo dejaron al final de la pista después de un aterrizaje riesgoso. Dicen que estaba cargado con coca, ellos sacaron lo que pudieron y desaparecieron en una panga mar afuera. Nosotros lo arrastramos hasta ahí donde lo vi, pero tenía las puertas bien cerradas y cuando la policía logró abrirlas no encontró nada–, me dijo Capurganá cuando llegué a su casa detrás del aeropuerto. Yo lo había visto hacia un año en Quibdó en un encuentro de artesanos. Su obra atrae por la originalidad y la destreza en el tallado de la madera, también por el acabado para mi perfecto de figuras inverosímiles. –Mi nombre es Miguel Correa Guerrero–, dijo mientras se quitaba la vieja gorrita mostrando una calva franciscana. –Soy chocoano en cuerpo y alma desde hace casi veinte años cuando un amigo me invitó hasta aquí Capurganá, un 9 de febrero del 89. –Me gustó tanto este pueblo que decidí quedarme para siempre y mire que hasta me enamoré de esta mujer que se ha convertido en mi mano derecha. Marisol es una mulata graciosa con un pelo que le tapa la espalda a la que le lleva casi cuarenta años. La enamoró cuando apenas era una muchachita. El tallador –Antes de tallar madera fui arriero de ganado y cuando Matilde Rodríguez una paisa amochada con la que hicimos una linda amistad me enseño el arte trabajábamos juntos como aserradores en Copacabana (Antioquia). –Mi primer tallado fue una cuchara de madera, igualita a esas que comemos. Ese día hicimos seis y las vendimos a quinientos pesos cada una. En la tarde recibimos tres mil pesos, lo que ganábamos con sacrificio en tres días lo hicimos en su rato de descanso como jugando y la señora de la tienda donde habíamos exhibido las cuchara nos pidió cinco docenas más para los próximos días. –Un año después ya tenía mi propio taller, con cuatro trabajadores. – Para ese entonces había aprendido a tallar máscaras que es lo que más me gusta, las he tallado hasta de cuarenta centímetros, figuras humanas y animales. Herramientas y madera –Mis primeras herramientas que ya no se consiguen las compré por sólo cuatro pesos. Todavía las conservo, pero también utilizo zuela de gulbia, zuela llana, hachuela y formones. –Hay figuras que requieren una madera especial, por eso utilizo varias clases como el cai dista, el canime, trúntago, almendro, cedro y bálsamo y casi nunca el balso. El cacique Zuriquí –La primera vez que expuse mi obra fue en la Universidad de Antioquia, donde plasmé un paisa con ruana y sombrero. Esa figura fue muy aplaudida y admirada. –Después fuimos a Ecuador, Perú, Venezuela, Brasil y Panamá. Para esa exposición Matilde me preparó durante cuatro meses porque era una competencia entre esas naciones y nosotros nos ganamos el trofeo. –Allí presente un gallo chino, negro de pelea. Después tallé un indio desnudo montado en un caballo viejo agarrado de la crin porque no le hice la vianda, me gusto tanto que le llamo el Cacique Zuriquí. El caballo está en el Ecuador, el paisa en la Universidad de Antioquia y el caballo en el Perú. ‘Capurganá’ hubiera sido un gran basquetbolista por su altura, ahora camina encorvado por el tiempo y a pesar de que la edad le ha mermado ímpetus primarios y a que una enfermedad lo mantuvo acostado por más de dos meses en una clínica de Medellín con la sola colaboración de los amigos de buen corazón, todavía vive de su arte y se jacta de que en los más importantes hoteles de Capurganá, Sapzurro y algunos de Acandí hay huellas de su trabajo. Recuerda con nostalgia a su único hijo, Abel, ese que tuvo con su primera esposa María Garavito y que volvió a ver dieciséis años después cuando fue a visitarlo a Capurganá por tres días. De ella no ha vuelto a saber pero sabe que vive en Planeta Rica. Lo que más le duele es que su arte se muera con él porque ningún gobierno se ha preocupado por difundirlo. - Le agradecemos inmensamente a Carlos Castillo de la empresa de aviación Castillo Castro quien nos patrocinó con pasajes hasta Capurganá. |
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