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QUÉ SABE UD. DEL CHOCÓ?

Por Edgar Hidalgo T.

¿Qué sabe usted sobre el Chocó en las crónicas de Gonzalo Arango (I)?

Gonzalo Arango, poeta y pensador antioqueño nacido en Andes en 1931, fue el fundador del Nadaísmo, movimiento literario colombiano de protesta social, que surgió en la segunda mitad de la década de 1950. El grupo provocaba a las clases sociales dominantes profanando las instituciones y las creencias culturales, religiosas, ancestrales y contemporáneas.

En su abundante producción intelectual, que incluye poesía, ensayos filosóficos, crónicas, reportajes, cuentos y obras de teatro, Arango escribió en julio de 1965 se publicó un reportaje titulado ‘El Chocó’ donde narra uno de sus viajes que comienza en Condoto a donde llega por vía aérea en medio de una tormenta para seguir luego hacia Quibdó donde se encuentra con viejos amigos y remonta el río Atrato en canoa. Dice Arango:

"Fui al Chocó y me quedé como buscando dioses. Para un psicópata que no cree en el psicoanálisis, el Chocó es la tierra prometida. Luego de aterrizar en un potrero y pasar una noche de tormentas en la selva, llegué a Quibdó, capital de este paraíso tropical. Desde mi cuarto, de día, veo un sol áspero mojado de lluvia. De noche, un jardín de estrellas, cantos salvajes, y el Atrato, río para soñar. Olvidé cuántas horas duró el vuelo. Sólo recuerdo un mar verde sin orillas, y un zancudo de aluminio que navega por un cielo de tormentas, entre nubes densas y electrizadas como hongos atómicos. La nave corcovea como un potro, el tiempo deja de contar, la carne se paraliza de miedo, uno está suspendido en la eternidad.

Sólo dije: ‘Espantoso vuelo, señor capitán’. El dijo: "Maldita lluvia, cerró los aeropuertos del litoral, no quedaba sino este potrero infeliz". —Entonces, ¿esto no es Quibdó? —Es Condoto, la selva, aquí se muere un payaso. Una calleja enfangada por entre tinieblas y ranchos de paja nos condujo al infierno. Los negros se habían despojado de zapatos y pantalones para no embarrarlos. A la luz de los faroles aquello parecía una macabra procesión de fantasmas resucitados de la esclavitud. Escampamos en una tienda donde osci

laban mechas de petróleo. Con un aguardiente y un tabaco me volvió el gusto de vivir.

En alguna parte del caserío ardía una llama, y entré. Con un vaso de aguardiente en la mano contemplé el paisaje: selva, lluvia, el rugiente río Condoto. Tenía la sensación de que el mundo no existía, que sólo existían las tinieblas, que yo mismo era una molécula de oscuridad perdida en la noche. Poco antes de que Dios hiciera el sol y la luna, era ya de noche y llovía sobre el Atrato. Río caudaloso que cruza la selva, uno de los más hondos del mundo. Arrastra en su cauce la belleza más fabulosa y la miseria más horripilante: paisajes paradisíacos, leyendas de dioses muertos, razas sumergidas en la noche inmemorial. El Atrato se hace caudaloso en Lloró, donde se le derrama un río de lágrimas: el Andágueda. De allí hacia el norte, el río antropófago se devora con una sed insaciable la vida de medio país, mil afluentes que multiplican sus aguas, para desembocar exhausto y torrentoso en el Caribe. Sentado en un balcón que da sobre el río, a media noche, oigo su silencio. El Espíritu de Dios baja sobre las aguas, o tal vez canta. La vida del Chocó está formada de oscuridad y tormentas como en el Génesis. En el malecón (de Quibdó) alquilo una canoa y subo por el río rumbo a la selva. Avanzo algunos kilómetros bajo un sol de candela y atraco en "Pueblo Mugre". Paso el día charlando con bellas nativas y soy feliz. El sol se pone en la curva de la selva, cae la noche. Como hemos bebido dos calabazas de chicha que compramos a los cholos, me siento un poco borracho y sin ganas de regresar. Uno de los nativos me ofrece una estera para dormir, y en la cocina huele a pescado. Me quedo. Asoman las primeras estrellas. Purifico mi alma de racionalismos amargos, mis últimos gusanos de ciudad. Morirán en mí, poco a poco, mientras yo resucito ".

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