Chocó 7 días
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QUÉ SABE UD. DEL CHOCÓ? Por Edgar Hidalgo T. ¿Qué sabe usted sobre el Chocó en las crónicas de Gonzalo Arango (II)? En octubre de 1966 un voraz incendio destruyó gran parte del sector comercial de Quibdó, la llamada carrera primera. Un año antes el poeta y periodista Gonzalo Arango había contemplado los atardeceres sobre el río Atrato desde alguna de las casonas de madera que ardieron bajo las llamas. Después del incendio Arango escribe una crónica en forma de carta dirigida a su hermano Benjamín, que vivía en Quibdó. Con el título Chocó en llamas, la crónica se publicó en noviembre de 1966. Así percibe Arango el suceso: "Hermano: Hoy amanecieron los periódicos en llamas con el incendio de Quibdó. Me sentí desolado con la tragedia. Amo esa tierra donde fui feliz, donde tengo amigos, donde vives como en tu casa. Allá tendrás un día una modesta tumba decorada con trepadoras y ángeles abejorros que chuparán las mieles de la orquídea salvaje. Lo primero que pensé al leer el periódico fue: –Rayos, mi hermano se quedó sin casa. Yo sabía que eso no te importaba. Por eso no te mandé un telegrama ni un cheque de cien pesos. Tú no aceptarías un privilegio mientras todos amanecieron en la miseria. La última vez que nos vimos sólo tenías el amor de los chocoanos y eso te bastaba para vivir colmado, en ese cuartico que daba sobre el Atrato, donde tenías una cama, una mesa de libros, dos santos horribles de los que venden en las plazas de mercado, y que alumbrabas con aceite de higuerilla. Recuerdo con afecto que me aislaste del grupo media hora antes de dictar mi conferencia. Me dijiste: —Oye, bandido, te digo como es la cosa en el Chocó, para que te luzcas: primero tienes que hablar bonito del Atrato, de la selva, de los negros. Diles que son muy inteligentes, qué diablos, eso no te cuesta nada. Luego, le echas un elogio al difunto Diego Luis, que es el ídolo de la negramenta liberal. Y para terminar, dedícale una florecita al doctor Mosquera Garcés, para que los godos no se enojen y no digan mañana que eres un ateo y un comunista.Nadie, con un poco de corazón, puede ser insensible al espectáculo atroz de un pueblo hambriento, sin techo, sin trabajo, sin esperanza. Como sabes, Quibdó siempre existió ahí, y soy testigo de su miseria aterradora, en los límites de la pesadilla. Alguna vez, en mis crónicas de viaje, denuncié la desesperanza de un pueblo que sobrevive en condiciones infrahumanas, degradantes para una sociedad civilizadora que ostenta títulos democráticos y cristianos. Yo sé que cuando Quibdó desaparezca de las primeras páginas de los periódicos, de la pantalla de televisión, y la desgracia no sea mas una noticia para la avidez y el sentimentalismo del público, entonces el Chocó volverá a desaparecer del mapa, cercenado, condenado a su negritud sin porvenir. Un manto de indiferencia y olvido caerá inexorable, con sus lluvias eternas, sobre la desolación de ese territorio. Nadie volverá a pensar en Quibdó, en su pobreza, en su desamparo. Y esa indiferencia futura —y no sus escombros— es lo que constituye para mí el drama de su situación actual; que el Chocó es un drama eterno. El de antes del incendio, el de después, el de siempre. Aunque suene cruel, Quibdó no es hoy más miserable que ayer por culpa del incendio. Simplemente, la miseria se ha borrado, ha perdido su rostro a causa de un siniestro. Se ha convertido en un escándalo nacional, dejó de ser anónima. Eso es todo. Y si quieres que te diga porqué no le eché ‘la florecita’ a tu amigo el doctor Mosquera Garcés, fue por esto: porque los políticos de este país son más funestos que las llamas que consumieron a Sodoma". Bogotá, noviembre de 1966. |
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