Chocó 7 días                                                  

                               

 

EDITORIAL

 

Un incendio más

 

La triste noticia con la que se cerró el mes de enero fue el incendio que destruyó parte del barrio Palenszque, una zona deprimida poblada por negros e indígenas en pleno corazón de Quibdó. La incontrolable lengua de fuego, en menos de dos horas se llevó 45 viviendas y de paso las ilusiones de quienes las habitaban.
El sector afectado por las llamas está invadido de construcciones palafíticas que bordean la quebrada La Yesca y siguen sus aguas servidas hasta la desembocadura en el río Cabí. Sus habitantes sí saben de olores nauseabundos y del ataque cruel de los zancudos en las noches.
De diversas maneras se puede iniciar una conflagración. Una pipeta de gas mal cerrada o la chispa desviada de un fogón de leña, un mechón encendido y olvidado o una vela que alumbra la mano poderosa. Pero esta vez el fuego comenzó por un corto circuito originado en un poste de energía eléctrica. Moradores del lugar aseguran haber informado a la empresa Dispac sobre la amenaza que representaba el poste, pero sus quejas no fueron atendidas a tiempo. Ahora muchos de ellos sólo han quedado con lo que llevaban puesto la noche del 30 de enero.
De nuevo el drama terrible de decenas de familias destechadas, arrimadas de caridad donde otras allegados que a su vez enfrentan sus propias calamidades. Es un dejà vu. Ocurrió hace diez años en el barrio Los Álamos, al norte de la ciudad, y ocurre con una frecuencia que a nadie parece sorprender. Cargar agua en baldes y formar cadenas humanas para sofocar el fuego ya hacen parte de la baquía de los quibdoseños. En medio del dolor que producen estas tragedias, la conciencia colectiva pareciera estar amoldándose a las circunstancias y está aceptando la catástrofe como algo normal.
Los incendios han acosado a Quibdó desde tiempos inmemoriales y son ellos la causa de que la ciudad no tenga archivo. El más terrible de todos ocurrió en octubre de 1966, cuando el fuego devastó su zona comercial y administrativa. De allí para acá las quemas se han repetido con relativa constancia, a pesar de que el cemento ha reemplazado la madera como elemento principal de la construcción de las viviendas.
Lo inadmisible es que con tantos antecedentes trágicos no hayamos aprendido la lección. Cada vez que una desgracia similar ocurre, caemos en cuenta que la ciudad está desprovista de una bien dotada unidad de bomberos. A pesar de los repetidos anuncios de la empresa de aguas, la cobertura en el servicio de acueducto no aumenta y por ende en las calles no hay hidrantes donde conectar las mangueras que alimenten las máquinas de bomberos.
Muchos hogares en Quibdó no han superado sus condiciones de vida y todavía cocinan en fogón de leña; vastos sectores de la ciudad están formados por conjuntos de casas de madera; en la mayoría de barrios el acceso es difícil por el mal estado de las vías, o imposible por su constitución palafítica, como en el caso de Pablo Sexto, Chambacú y Palenque. La periferia es boscosa, lo que nos hace proclives a los incendios forestales, tan comunes en esta época de calentamiento global. Con semejante nivel de vulnerabilidad, esta capital debería tener una previsión especial ante los desastres.
El cuerpo de bomberos de Quibdó, constituido en 1953, en la actualidad cuenta con dos carros que no dan abasto para tanto riesgo. Se necesita con urgencia la modernización de los equipos, el aumento del parque automotor bomberil, pues no podemos seguir dependiendo del bombero aeronáutico cada vez que se presenta un incendio. Incluso, conseguir botes contraincendios provistos de bombas potentes que se alimenten de las aguas del Atrato, de La Yesca y las quebradas circunvecinas.